1/2 pollo cocido y deshuesado -preferiblemente ya muerto y sin plumas-. 2 cebollas. 1/4 kg. de patatas cocidas -peladas, gracias-. Un diente de ajo. 1/2 kg. de tomates maduros -y, ya de paso, que sean inteligentes-. Un huevo batido -sin cáscara, gracias-. Harina para rebozar -sin el paquete que la contiene-. Aceite -no de freno-. Sal -no, no te vayas-.
Preparación:
En un recipiente hondo -no vale un pozo- se coloca una cebolla rallada -físicamente, no emocionalmente-, las patatas hechas puré, el ajo y la carne de pollo picada -no por los mosquitos-. Se mueve bien -no hace falta darte un paseo con el recipiente- y se mezcla con el huevo batido. Se van formando bolas, se rebozan en harina y se ponen 15 minutos en el frigorífico -no pegadas en él como un imán, sino dentro-. Se pone aceite en una sartén, se fríen las albóndigas y se van pasando a una fuente -las tienes que pasar tú, ellas no pueden solas. ¿Por qué? ¡Porque no tienen patas!-. En el mismo aceite se fríe la otra cebolla. Se añaden los tomates rallados -físicamente- y se dejan en el fuego -¡dentro de la sartén!- hasta que se fríen. Se ponen las albóndigas en la salsa y se dejan cocer 15 minutos. Se pueden servir con arroz blanco y también con yogurt natural -WTF?!-.
Hasta aquí la receta de cocina para anormales expertos.
Volvía a mi casa después de pasar una aburrida y monótona mañana en el instituto y, por el camino, escuchaba la conversación de dos personas que iban detrás de mi hermano y de mí.